Fortaleza atravesada

Había una vez una princesa que lejos de vivir en un castillo, vivía en una pequeñísima fortaleza con una forma extraña atravesada por lanzas, espadas y demás, haciendo su habitáculo casi infranqueable para ella misma y para el que quería estar a su lado.

Y es que una noche, no se sabe por qué, el castillo donde reinaba se convirtió en una oscura y lugebre fortaleza, convirtiendo a toda persona en enormes lanzas y demás, que atravesaba la susodicha estancia. Y es que cuenta la gente del pueblo, que la princesa no dudaba en utilizar embustes, triquiñuelas y demás a todo el que le rodeaba, creando grandes quebraderos de cabeza.

Pasó por allí un día cualquiera, un trobador que suscitado por el misterio de esta maldición quiso verlo por sus propios ojos y así hacer compañía a la princesa. Se posó en una piedra y alzando la voz, llamó a la princesa, que se asomó y le rogó que si no podía ayudarla en su condena, que al menos le contara aventuras de valientes y nobles gestas.

Y el trovador contando viejas historias, hizo que la princesa se emocionara, imaginando valientes caballeros, aguerridas madres, etc., batallas por un futuro mejor, sin embustes, sin ofensas, etc.

Asi que, cada día que pasaba y la actitud de la princesa era ya más de arrepentimiento y queriendo cambiar, se oía el tintineo de las armas desplomarse, haciendo que la pequeña fortaleza, se viera como un corazón petrificado, lejos ya de ser un corazón malherido.

Hasta que un día, la princesa rogó al trovador que le ayudara a bajar y vivir las aventuras y ayudarlo en sus andaduras, porque ya nada tenía, excepto un corazón hinchado de coraje, humildad y cariño y quería compartir su alegría y su bondad por todos los rincones donde la mentira, el desprestigio, etc. hacían gala de un mundo de desigualdad, mentiras, argucias,  etc.

Partieron con lo poco que tenían, dejando un corazón oscuro y negro, como señal de lo que puedes llegar a tener en algún momento de tu vida.

Nada ni nadie tiene una actitud impoluta, pero cada cosa tiene su momento, asi que, obra más o menos bien, para no verte prisionero y atravesado por tus propias argucias, porque cada uno tenemos nuestra propia verdad, esa que para otros puede ser una falacia.

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